El Acta de 1801: la controvertida unión que forjó y dividió un reino
LONDRES, 1 DE ENERO DE 1801. — Hoy entra en vigor el Acta de Unión, un documento legislativo que disuelve el Parlamento de Dublín y fusiona formalmente el Reino de Gran Bretaña con el Reino de Irlanda. Nace así una nueva entidad política: el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Esta unión, diseñada en los despachos de Westminster y sellada con promesas y prebendas, pretende resolver la llamada "cuestión irlandesa", pero lo hace sobre cimientos de desconfianza y expectativas rotas que marcarán más de un siglo de historia compartida.
La génesis de esta unión se encuentra en el temor estratégico. La Rebelión Irlandesa de 1798, inspirada en parte por los ideales de la Francia revolucionaria, convenció al primer ministro británico, William Pitt el Joven, de que una Irlanda con autonomía legislativa era una amenaza para la seguridad de las islas en un contexto de guerra contra Napoleón. La solución, argumentó Pitt, era una unión política completa que atara Irlanda de manera indisoluble a Gran Bretaña, prometiendo a cambio estabilidad económica y progreso social.
Una aprobación comprada
La unión no fue bien recibida inicialmente en Irlanda. En 1799, una primera propuesta fue rechazada por el Parlamento Irlandés. Sin embargo, el gobierno británico emprendió una campaña de presión sin precedentes para revertir el resultado. Según documentan historiadores y la propia Enciclopedia Británica, se aseguró una mayoría a favor en 1800 mediante el "indisimulado pago de votos, ya sea en efectivo o mediante la concesión de honores y títulos de nobleza" a los parlamentarios irlandeses.
Como parte del trato, Irlanda obtuvo representación en el Parlamento de Westminster: 100 escaños en la Cámara de los Comunes, 28 pares temporales y 4 obispos en la Cámara de los Lores. Un señuelo fundamental para ganar el apoyo de la mayoría católica irlandesa fue la promesa de la emancipación católica, es decir, la derogación de las leyes penales que les impedían acceder a cargos públicos y ejercer plenos derechos civiles.
La promesa rota y sus consecuencias
Esta promesa resultaría ser el gran talón de Aquiles de la Unión. El rey Jorge III se opuso frontalmente, argumentando que permitir la emancipación violaría su juramento de coronación de defender la fe protestante. La negativa real fue tan firme que llevó a la dimisión del propio William Pitt. La esperada igualdad para los católicos no llegaría hasta 1829, casi tres décadas después, creando una profunda desilusión y un sentimiento de traición que alimentó el descontento desde el primer día.
El nuevo reino adoptó símbolos que reflejaban su composición. A la Union Jack, creada en 1707 con las cruces de San Jorge (Inglaterra) y San Andrés (Escocia), se le añadió la cruz de San Patricio para representar a Irlanda. Jorge III modificó también su título real, pasando a ser "Rey del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda" y abandonando, por primera vez desde la Edad Media, la simbólica pretensión al trono de Francia.
Un legado de división
La unión de 1801, concebida para ser perpetua, duraría 121 años. Durante ese siglo, el Reino Unido se convirtió en la principal potencia industrial y naval del mundo. Sin embargo, en Irlanda, factores como la devastadora Gran Hambruna (1845-1849) y la persistente demanda de autonomía (Home Rule) erosionaron cualquier sentido de pertenencia común.
La tensión culminó en la Guerra de Independencia Irlandesa (1919-1921), que forzó la renegociación del Acta. El Tratado Anglo-Irlandés de 1921 reconoció la independencia de 26 condados, que formarían el Estado Libre Irlandés (actual República de Irlanda). Los seis condados del noreste, de mayoría unionista, permanecieron dentro del Reino Unido.
Así, en 1922, el estado creado en 1801 dejó de existir, transformándose en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. El Acta de Unión, un ambicioso proyecto geopolítico nacido del miedo y la conveniencia, terminó por demostrar que las uniones forjadas sin el consentimiento genuino de los pueblos contienen en sí mismas la semilla de su propia disolución.