El Espejo de la Historia

El Espejo de la Historia

La Fórmula Valencia-Oviedo, el Fantasma de Weimar y la Normalización del Horror

Presento un análisis crítico desarrollado previamente con los contextos histórico-políticos de Argentina, Perú y la Alemania de preguerra.

A lo largo de esta serie de artículos, hemos desmenuzado la fórmula presidencial de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. Hemos visto cómo el discurso de la "unidad" y el "caminar entre distintos" es una fachada para ocultar un proyecto de derecha dura, cómo Valencia arrincona a su propio compañero de fórmula negándole sus derechos más fundamentales, y cómo, detrás de la sonrisa del tecnócrata, se esconde la mano del uribismo, dispuesta a seguir moviendo los hilos del poder.

Pero este análisis no estaría completo si no elevamos la mirada y nos preguntamos: ¿qué significa esta alianza en el contexto regional y global? ¿Es un fenómeno aislado o es una pieza más de un rompecabezas inquietante que se repite en la historia? La respuesta, por más incómoda que sea, es que la fórmula Valencia-Oviedo no es una anomalía. Es la versión colombiana de un patrón que ya hemos visto en América Latina con el fujimorismo en Perú y con Javier Milei en Argentina, y que encuentra su eco más siniestro en el ascenso de la ultraderecha en la Alemania de preguerra.

El Modelo Económico: El Ajuste que Siempre Pagan los Mismos

Empecemos por lo más tangible: el modelo económico. Paloma Valencia se declara heredera de Uribe, defensora de un Estado pequeño, de subsidios focalizados y de una obsesión por el déficit fiscal que raya en lo patológico. Es el mismo libreto que hemos visto aplicar en Argentina bajo la motosierra de Javier Milei.

Los resultados del experimento mileísta son aleccionadores y deberían servir como advertencia para Colombia. El gobierno de Milei ha logrado mantener un superávit fiscal a costa de una recaudación tributaria que acumula siete meses consecutivos de caída interanual . ¿Cómo se logra ese "milagro" fiscal? No es magia, es ingeniería social para ricos: se refuerzan los recursos no impositivos mediante rentas de propiedad del Banco Central y la ANSES, se avanzan privatizaciones, y se racionaliza el gasto público a través de recortes de personal y una "gestión eficiente" .

Pero detrás de las cifras macro, lo que hay es sufrimiento humano. El presupuesto de 2026 en Argentina, el primero de Milei, proyecta un crecimiento optimista del 5% y una inflación a la baja, pero las consultoras privadas desconfían de esas proyecciones . Mientras tanto, la realidad en la calle es otra: las prestaciones sociales caen, el PAMI sufrió un recorte del 44.6%, la obra pública se desplomó un 84.6%, y los salarios reales pierden contra la inflación mes a mes . Los trabajadores públicos están un 14.4% por debajo de lo que ganaban en noviembre de 2023 .

Valencia dice que hay que "bajar los subsidios a las altas pensiones" y que le preocupa la deuda que se les deja a los jóvenes. Es el mismo discurso de Milei: la "responsabilidad fiscal" como excusa para desmantelar el Estado y transferir la carga del ajuste a los más vulnerables. En Colombia, ese modelo significaría profundizar la desigualdad, acabar con los pocos programas sociales que llegan a las periferias y entregarle el país a los mismos gremios que siempre se han beneficiado del trabajo informal y la precarización.

El Fujimorismo: La Alianza entre la Técnica y la Mano Dura

El paralelo con Perú y el fujimorismo es igualmente revelador. Alberto Fujimori llegó al poder en 1990 como un outsider, un "chino" desconocido que prometía orden y eficiencia. Su fórmula de éxito fue una combinación letal: un equipo de tecnócratas (los famosos "políticos de la mesa de al lado" que dirigen el país desde sus escritorios) y una alianza implícita con los sectores más conservadores y militaristas.

¿No les suena conocido? Juan Daniel Oviedo es el tecnócrata por excelencia: hombre de datos, director del DANE, con una imagen de independencia y pulcritud técnica. Paloma Valencia es la mano dura, el aparato político, la conexión con el uribismo y la defensa de la "seguridad democrática" como principio rector. Es la misma alianza que permitió a Fujimori cerrar el Congreso, gobernar por decreto y perseguir a la oposición, mientras sus tecnócratas "ordenaban" la economía a punta de shock y privatizaciones.

En el Perú de los 90, el fujimorismo se vendió como la única alternativa al caos del senderismo y la hiperinflación. En la Colombia de hoy, Valencia y Oviedo se venden como la única alternativa al "castrochavismo" y al "desastre" del gobierno de Petro. El libreto es el mismo: crear una amenaza existencial para justificar cualquier alianza, por más contradictoria que sea, y cualquier medida, por más autoritaria que resulte.

El Paralelo con la Alemania de Preguerra: La Normalización de lo Inaceptable

Y es aquí donde la historia nos lanza una advertencia que no podemos ignorar. El ascenso del nazismo en Alemania no ocurrió porque un grupo de monstruos tomó el poder por la fuerza. Ocurrió porque las élites conservadoras, asustadas por el avance de la izquierda y la inestabilidad social, decidieron aliarse con ellos. Ocurrió porque la violencia política se normalizó.

El análisis de la República de Weimar nos muestra un proceso escalofriante: los socialdemócratas, en su afán de mantener el orden, desataron a la policía y a los paramilitares de derecha (los Freikorps) para aplastar a la izquierda radical . Esta violencia estatal, ejercida en nombre de la estabilidad, normalizó el asesinato político y allanó el camino para que, cuando los nazis llegaron al poder, su violencia callejera y su eliminación de oponentes no pareciera algo nuevo, sino simplemente "más de lo mismo" .

El 4 de julio de 1926, el Partido Nazi celebró su congreso en Weimar. Fue un punto de inflexión en la consolidación del partido . Cien años después, en 2026, la ultraderecha alemana (AfD) programa su convención en la misma fecha, un gesto que los historiadores y políticos alemanes califican como una provocación deliberada . ¿Por qué? Porque saben que la historia no es pasado, es un arsenal simbólico.

En Colombia, la "normalización de lo inaceptable" ocurre cuando una candidata presidencial puede sentarse frente a las cámaras y decirle a su compañero de fórmula, un hombre homosexual, que su deseo de adoptar es cuestionable y que la "ideología de género" es una apología peligrosa. Ocurre cuando esa misma candidata, que ha votado sistemáticamente en contra de los derechos sociales, es aplaudida por sectores de "centro" por su "madurez". Ocurre cuando un tecnócrata presta su imagen para blanquear a quienes han gobernado para las élites durante décadas.

La ultraderecha global no llega al poder con discursos explícitos de odio racial (aunque a veces sí). Llega con discursos de "orden", de "responsabilidad fiscal", de "lucha contra la corrupción" y de "defensa de la familia". Llega utilizando la táctica del "miedo al otro": al migrante, al comunista, al "castrochavista" . Y llega, sobre todo, cuando las élites conservadoras y los sectores "moderados" deciden que es mejor aliarse con ellos que permitir el avance de cualquier proyecto que cuestione el statu quo.

Conclusión: No es un "Arroz con Mango", es una Advertencia para la Humanidad

La fórmula Valencia-Oviedo no es un experimento democrático interesante. Es la punta de lanza de un proyecto que busca consolidar en Colombia lo que ya vimos en Perú, lo que estamos viendo en Argentina y lo que el mundo vio con horror en la Alemania de los años 30: la alianza entre la derecha tradicional, los tecnócratas al servicio del capital y las fuerzas más reaccionarias de la sociedad, disfrazada de "unidad nacional" y "sentido común".

"Todo es hablable", dice Valencia. Sí, todo es hablable, incluso la negación de los derechos de tu compañero de fórmula. Sí, todo es negociable, incluso la dignidad de las minorías con tal de llegar al poder.

La historia nos enseña que cuando las sociedades permiten que estas alianzas se normalicen, cuando aceptamos que la violencia simbólica contra un sector es parte del "debate democrático", cuando cerramos los ojos ante el ajuste que destruye vidas con tal de mantener "estables" las cifras macroeconómicas, el desenlace no es la estabilidad. Es el abismo.

Paloma Valencia puede sonreír, Juan Daniel Oviedo puede asentir, y el uribismo puede frotarse las manos. Pero lo que están construyendo no es un gobierno de unidad. Es un laboratorio de exclusión. Y si la historia sirve de algo, debería servirnos para reconocer, una vez más, los rostros del horror cuando aún están a tiempo de ser detenidos. Porque cuando la "matriz del cambio" finalmente se instale, puede que ya sea demasiado tarde para preguntarnos cómo fue que llegamos hasta aquí.