La "Tolerancia" que Anula
Cómo Paloma Valencia Arrinconó a Juan Daniel Oviedo y le Negó su Derecho a Existir Plenamente
La imagen es poderosa: un hombre abiertamente homosexual, que ha manifestado su deseo de ser padre, sentado al lado de una mujer que, sin pestañear, le dice que él no debería poder adoptar un niño. Esa fue la escena que se vivió en la primera entrevista juntos de la fórmula presidencial Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. Y aunque el relato de campaña lo vendió como un ejercicio de "madurez política" y "respeto por la diferencia", lo que realmente ocurrió fue una emboscada discursiva. Valencia, con su talante de congresista experimentada, fue arrinconando a Oviedo, poniendo en duda su dignidad y negando, uno a uno, los derechos que lo constituyen como ciudadano.
La estrategia de "caminar entre distintos" se reveló como lo que es: una invitación a Oviedo a caminar detrás de ella, aceptando que su vida, su familia y sus derechos son, en el mejor de los casos, debatibles.
"Yo no estoy acuerdo": La Condena a la Paternidad de Oviedo
El punto de quiebre llega cuando se discute la adopción homoparental. Oviedo, con la honestidad que lo caracteriza, cuenta su experiencia personal: "Yo tuve mi interés de adoptar antes de mi accidente". Es un hombre que se visualiza como padre, que lo intentó y que, por razones de salud, desistió. Es un testimonio humano, no un discurso político.
La respuesta de Paloma Valencia es un portazo en la cara: "Yo no estoy acuerdo con la adopción". Pero no se detiene ahí. Para justificar su postura, recurre al argumento más dañino y estigmatizante contra la comunidad diversa: "Prevalece el niño". La insinuación es clara y perversa: un niño que crezca en el hogar de Juan Daniel Oviedo y su pareja estaría en riesgo, sus derechos no estarían plenamente garantizados. Es la institucionalización del prejuicio.
Al profundizar, la periodista lanza la pregunta incómoda, la que nadie en una coalición "respetuosa" debería hacer pública: "¿Dónde está mejor un niño? ¿En el Bienestar Familiar o en la casa de Juan Daniel y su novio?".
La respuesta de Valencia es un monumento al cinismo: evade la casuística, pero su principio rector ya está fijado. Para ella, la familia de Oviedo no es, por defecto, un entorno válido. Es una opción que debe ser sometida a escrutinio moral, mientras que la familia tradicional goza de un blindaje automático.
En ese instante, Oviedo no es un compañero de fórmula; es el objeto del debate, la excepción que debe ser "gestionada" y no la regla. Y él, atrapado en la dinámica de la coalición, solo puede refugiarse en la técnica: "estos asuntos, la misma Corte Constitucional, siempre ha hablado en sus sentencias, hay que promover que el Congreso de la República inicie esa discusión". Un hombre que habla de su deseo de ser padre es reducido a citar jurisprudencia para no implosionar la alianza.
La Ideología de Género: El Borrado de su Identidad
El arrinconamiento no termina ahí. Cuando hablan de ideología de género, Valencia insiste en que existe una "apología" que convence a niños de hacer transiciones de género por moda. Oviedo, con paciencia pedagógica, intenta explicar que el término "ideología de género" es un invento para desacreditar estudios científicos y que su orientación sexual no es una ideología, es parte de su ser.
Valencia ni lo escucha. Ella tiene su propia verdad: la "investigación de Abigail" (refiriéndose a la activista anti-trans Abigail Shrier) demuestra, según ella, que hay niños que se declaran trans "porque era chévere, porque les iba bien en redes". En su relato, la identidad diversa de Oviedo y de millones de personas es una moda peligrosa, una consecuencia de la "apología" que ella combate.
El colmo del despropósito llega cuando Oviedo se ve obligado a aclarar: "hoy me tocó aclararle a nuestro moral, que lo mía no es una identidad de género, que es una orientación sexual, y no sabe ya".
Es decir, su propia compañera de fórmula, la persona con la que aspira a gobernar el país, no tiene claras las diferencias más básicas sobre lo que él es. Mientras tanto, ella pontifica sobre lo que está bien y lo que está mal en materia de género.
La Trampa de la "Fuerza Pública"
Incluso en temas aparentemente lejanos a su identidad, Oviedo queda arrinconado. Cuando hablan de la JEP, Valencia defiende su reforma para garantizar los "derechos humanos de la fuerza pública". Es un tema de alta política. Pero al final, el subtexto es ineludible: ella pertenece a un partido que ha construido su poder sobre la base de una seguridad democrática que, históricamente, ha sido indiferente (cuando no hostil) a los derechos de las minorías sexuales. La "fuerza pública" que ella defiende con tanto ahínco no es precisamente el espacio más seguro para un hombre como Oviedo.
Al poner el foco en los militares, desplaza la atención de los derechos civiles. En el balance de su discurso, los derechos de los uniformados pesan más que los derechos de las personas diversas. Y Oviedo, que debe mantener la coalición, no puede señalar esa hipocresía sin romper el juguete.
Conclusión: El Precio del Afecto Político
"Yo quiero mucho al presidente Uribe, yo lo admiro mucho", dice Valencia en la entrevista. Y esa confesión lo explica todo. Ella puede permitirse el lujo de "caminar entre distintos" porque su base identitaria y política está sólida, anclada en el afecto y la admiración por un caudillo. Juan Daniel Oviedo, en cambio, no tiene ese lujo. Él está ahí prestando su imagen, su credibilidad y su humanidad para darle un barniz de modernidad a un proyecto político que, en esencia, le niega.
Oviedo no es un compañero de viaje; es un escudo humano. Sentado al lado de Valencia, valida con su presencia el discurso que lo condena. Sonríe mientras ella dice que su familia es cuestionable. Asiente mientras ella patologiza su identidad. Al final de la entrevista, él promete: "Voy a ser el mejor vicepresidente de Paloma y de Colombia". Pero la pregunta que flota en el aire es otra: ¿Puede alguien ser el mejor vicepresidente de un proyecto político que le exige, a cambio del poder, renunciar a la plenitud de sus derechos y a la dignidad de su ser?
La respuesta, para quienes ven más allá del relato, es un rotundo no. Lo que vimos no fue un diálogo entre iguales. Fue la puesta en escena de cómo la derecha colombiana, en su afán de mantenerse en la pelea, utiliza y arrincona a las minorías, ofreciéndoles un asiento en la mesa a cambio de que acepten que siempre serán ciudadanos de segunda clase.